Suena la alarma.
7:15 de la mañana… Aún es pronto, un ratito más…
Después de darle al “Ok”, optas por lanzar el móvil hacia el fondo de la habitación, a sabiendas de que la maleta, que aún no has deshecho, amortiguará la caída.
¡Crank!
El que el lanzamiento se quedara corto no te quita el sueño.
10 minutos más tarde, vuelve a sonar la alarma.
¡Qué cabrón! Aparte de seguir vivo, tiene puesto la función “Snooze”
No queda más remedio que levantarse.
Todo el mundo sabe que lo más duro de despertarse por las mañanas en invierno es abandonar el cálido “microclima cama” generado por tu confortable edredón nórdico. Sin embargo, tienes que hacerlo, te armas de valor y finalmente logras vencer esa intensa fuerza de atracción que el colchón ejerce sobre tí.
Miras por la ventana. Aún está oscuro, ni rastro de Lorenzo, las calles no están puestas y además tiene pinta de hacer un frijón (frío del cojón).
Después de sopesar la idea de para la próxima vida elegir reencarnarse en oso, marmota o en cualquier otro animal que practique la hibernación, te diriges tiritando a la ducha.
La sensación de tener los pies fríos combinada con el agua caliente circulando entre ellos es parecida a la de encontrarse al borde de un precipicio con los pies por fuera, pues ni los sientes y es como si tus extremidades inferiores terminaran en el tobillo.
Te vistes y desayunas con el telediario matinal de fondo. El primer sorbo de café arranca y calienta esa máquina llamada cerebro que hasta ahora reposaba en stand by. Terminas la taza y profieres una queja contra el Nescafé, imitando la típica escena de oficina de cualquier comedia televisiva.
Sales de casa y decides ir en Metro, por variar, y de paso gastar antes de que se caduque el último viaje de ese metrobus que lleva meses en tu bolsillo biodegradándose.
Aprovechas el pequeño trayecto que hay desde el portal hasta la boca del Metro para llenar tus pulmones de aire gélido y puro (bueno, lo de puro es un decir estando en Madrid…) porque una vez que estás en el subterráneo no vas a poder disfrutar de él.
Se te había olvidado ya lo que era coger el Metro por las mañanas.
Para empezar, ese particular y difícilmente descriptible olor que inunda el ambiente, una mezcla entre aceite engrasante de escaleras mecánicas y sitio cerrado. Sin embargo, no resulta del todo desagradable y te acabas acostumbrando a él. Es mil veces peor el olor de ese señor que decidió no ducharse ni ayer ni hoy y que, bajo mandato de Murphy, te terminará tocando en tu vagón.
Después, está la temperatura, que ya sea por la potencia de los calefactores o por la proximidad de las instalaciones al núcleo de la Tierra, está fijado en nivel “Infierno”. Si a esto le sumas el frío que vas a pasar cuando salgas a la calle, te encuentras con que tienes bastantes boletos para el sorteo de un resfriado.
Tras recorrer ciento y un tramos de escaleras mecánicas para descender a los reinos de Lucifer, tienes la suerte de que hoy no está tan petado y sólamente tienes que serpentear entre algunas personas para llegar al andén.
Tu tren llega enseguida. Aunque hay asientos libres, decides quedarte de pie para recorrer las 2 estaciones que te separan de tu destino. Enciendes el mp3.
Con la música de fondo, vas repasando una a una las caras de cada persona por simple distracción. Todas tienen un gesto en común: están sopadísssssimas. Entre todos los pasajeros, te encuentras con una cara conocida, pero decides mirar hacia otro lado, pues todavía no tienes humor para entablar ninguna conversación.
Finalmente, llegas a tu estación y junto con una marabunta de gente retomas el camino de vuelta a la superficie.
A estas horas de la mañana, la parada de Ciudad Universitaria te recibe con un delicioso olor en el ambiente a café y bollería recién horneada que vuelve a despertar el hambre en tí.
Mientras recorres la estación, unas notas musicales provenientes del final del pasillo te empiezan a animar. Te quitas los cascos. El Canon de Pachelbel a violín perfectamente interpretado por un músico callejero merece ser escuchado.
Una vez en el exterior, tras esquivar a los repartidores de publicidad y periódicos gratuítos,caminas hacia la universidad y te vas mentalizando para pasar toda la mañana encerrado en el laboratorio haciéndole una especie de ecografía a una tableta de aluminio.

Viernes, 16 Enero, 2009 a las 10:00 |
Muy guapa la descripcion de la situacion. Quizas deberias escribir un libro, en serio eh.
Te mando animo y suerte para examenes desde las gelidas alemanias, si bien esta tarde tengo concierto de OASIS en Hamburg
Un abrazo
Viernes, 16 Enero, 2009 a las 11:33 |
fffff q bien lo cuentas
yo soy mas de esquemas:
-ffff no hoy no…
-levantarse
-desayuno etc
-estudiar
Viernes, 16 Enero, 2009 a las 11:52 |
guapa historia… y una foto con millon y medio de karma!!
Viernes, 16 Enero, 2009 a las 12:45 |
Siempre he pensado que el dueño de la cafetería bollería de la estación de C. universitaria tiene que ser como mínimo Emilio Botín… porque yo ya dejé buenos ahorros ahí y la gente, con eso de que va sobada y no le ha dado tiempo a desayunar cae si o si.
La historia muy bien relatada Hao, me he sentido por unos momentos en esas mañanas de la capital del reino!
Sábado, 17 Enero, 2009 a las 13:23 |
dos cosas que decir. Bravo y te ayudo con el libro que VAMOS a escribir?
Suerte en los exámenes. A todos.
Domingo, 18 Enero, 2009 a las 14:18 |
Por favor, hao ni caso, tu termina la carrera y montate en el dolar. deja lo del libro más por afición y punto.
lo peor como has terminado el texto, explica que haces con la tableta de aluminio!!! me vale q cuando vuelvas me lo cuentes a mi.